La creación había sido idea del príncipe Carlos III Grimaldi (en su honor Montecarlo tiene su nombre), pero los primeros resultados demostraron que jugar no era cosa de niños, sino que había que hacerlo a lo grande.
Así fue que el príncipe encargó la construcción de un nuevo edificio, pura y exclusivamente dedicado a los juegos de azar, dedicado a funcionar como casino, al hombre de negocios François Blanc. Entre los arquitectos Jules Dutrou y Charles Garnier crearon el nuevo casino, con su espléndida cúpula flanqueada de torres y cuyo interior cuenta con dos restaurantes: Le Train Bleu y Les Privés, con vista a Cap Martin.
El casino actual, inaugurado en 1865 entre el hotel y el Café de París, no tiene nada que envidiarle a un palacio: deslumbran no sólo las sumas que se juegan, sino la belleza y las antigüedades que reinan en el Salón Europa, con sus lámparas de cristal de Bohemia, el Salón Rose, la Sala Renaissance y salones privados como los Empire, Médecin y Toutz.
El casino de Montecarlo se ha prestado, a lo largo de su historia, al surgimiento de toda clase de leyendas y anécdotas, tal vez algo inevitable cuando se trata de desafiar el azar.